He aprendido que debemos confiar en la gente. Eso de andar sospechando de todo y de todos es un atentado mortal contra nuestra paz, que en esencia es nuestra riqueza.
Prefiero que dos o tres me critiquen a no abrirle mi corazón y ofrecerle mi solidaridad a quienes lo solicitan. Si pierdo dos pesos o si me desilusionan por pensar y actuar así, lo asimilo como un razonable pago por la felicidad que siento al creer en el ser humano.
He aprendido que marchamos entre luces y sombras, triunfos y tropiezos, alegrías y llantos. Somos la suma de emociones, un caldo de experiencias propias y ajenas, una elaboración única, con sazón original.
El poder, lo material, la gloria y la fama son efímeros. Los fracasos, la tristeza y los dolores también. Sólo el amor perdura.
He aprendido que las acciones sanas, esas que van unidas a los nobles propósitos, nos motivan a avanzar, a vencer obstaculos y a apreciar lo que somos capaces de conquistar.
Nadie se eleva más allá de lo que aspira. Nuestro techo tiene la altura que le construyamos. Seamos optimistas,confiemos en los demas que ese sentimiento es mágico y transformador.
Me apenan aquellos que se mantienen ciegos con quienes los rodean, y prefieren entregarse a los desconocidos y al servicio de los demás.
He aprendido que se debe valorar nuestro entorno, ocupándonos de los detalles que le agradan. Una mirada sincera, una palabra de agradecimiento o una sonrisa de niño alimentan y animan la existencia del receptor.
La vida es un aprendizaje dinámico, forzoso, gratuito y oneroso. Lo ideal es que luego de cada lección seamos un poco mejores.
Y si me pidieran dos consejos simples, para empezar, diría que se debe aprender a confiar en la gente como Dios manda, tanto en nuestros pensamientos como en nuestra cotidianidad.
De: Priamo Compres / LOH


