Es cierto que las encuestas de opinión previas a las elecciones pronosticaban resultados favorables para los demócratas, a quienes se consideraba bien posicionados para hacerse con la mayoría en la Cámara de Representantes; también que, según las previsiones, estaban codo con codo con los republicanos en el Senado. Lo que nadie esperaba fue que un auténtico tsunami azul inundara el mapa del país: un «blue-nami», como lo han bautizado los medios de comunicación nacionales.
El primer golpe de efecto de la noche llegó desde Carolina del Sur, donde una candidata republicana, elegida personalmente por Donald Trump, fue derrotada. Pero las verdaderas sorpresas vinieron de las victorias en bastiones republicanos como Texas, donde James Talarico se impuso al republicano Ken Paxton. Éxito inédito también en Kansas, Carolina del Norte, Iowa y Ohio. Victoria asimismo en Georgia, el estado que hace historia al elegir a la primera mujer negra para un cargo de este tipo.
Otro éxito, y no menos importante, el de Abdul El-Sayed en Míchigan. Procedente del ala izquierda del Partido Demócrata, este hijo de inmigrantes egipcios se convierte en el primer senador musulmán de Estados Unidos, al derrotar al republicano Mike Rogers, quien, sin embargo, había recibido un apoyo inesperado y de última hora de la rival demócrata de El-Sayed en las primarias. Trump había mencionado los atentados del 11 de septiembre e incluso había calificado a El-Sayed de «yihadista». Pero nada de eso sirvió.
Las disputas en torno a la redistribución de las circunscripciones electorales, que ocuparon las portadas de los periódicos durante meses, tampoco ayudaron mucho. «Los avances logrados por el Partido Republicano durante la era Trump, especialmente entre los latinos y en las zonas rurales, se esfumaron de la noche a la mañana», afirmaba la CNN al final de la noche electoral.
Unas elecciones que casi nunca favorecen al presidente
Para los republicanos, el dolor que sienten no se debe tanto a la derrota en sí misma como a su magnitud. Las elecciones de medio mandato suelen denominarse «referéndum sobre el presidente». Desde la Segunda Guerra Mundial, es habitual que el partido en el poder pierda escaños en el Congreso durante estos comicios, lo que no significa necesariamente que pase a ser minoritario en el Congreso.
«Si hacemos caso al gran revolucionario y científico estadounidense Benjamin Franklin, ‘en este mundo, nada es seguro, salvo la muerte y los impuestos’. A este dúo casi se podría añadir la derrota del presidente estadounidense en las ‘midterms’: desde 1860 y el establecimiento del duopolio partidista entre demócratas y republicanos, 37 de las 40 elecciones de mitad de legislatura han concluido con un retroceso del partido del mandatario en la Cámara de Representantes, el único órgano de poder que se renueva íntegramente en estas elecciones», señalaba Mathieu Gallard, director de estudios del departamento de Asuntos Públicos de Ipsos Francia, en un artículo de opinión publicado en Le Monde.
Raras excepciones
Desde mediados del siglo XIX, solo ha habido tres casos en los que el partido del presidente ha ganado escaños en la Cámara de Representantes: durante los mandatos de Theodore Roosevelt en 1902, de Franklin Roosevelt en 1934 y de George W. Bush en 2002. Pero esta vez no se trata solo de la pérdida de unos cuantos escaños, sino de una auténtica hemorragia, sobre todo en algunos de sus bastiones tradicionales. Es, principalmente, un revés para Donald Trump: según los expertos en política estadounidense, las elecciones de mitad de mandato se interpretan como una reacción de los ciudadanos estadounidenses a los dos primeros años del presidente en el cargo y de su administración.
Según una encuesta a pie de urna realizada por SSRS para un consorcio de medios de comunicación estadounidenses, la mitad de los votantes ?afirmó considerar las elecciones como una oportunidad para reprender a Trump. Tres cuartas partes de los encuestados afirmaron estar «enfadados» o «insatisfechos» con el rumbo que está tomando su país, y el 70% de los votantes manifestaron que querían que el Congreso reforzara su control sobre el poder ejecutivo y su función de contrapeso.
Hay que remontarse dos décadas atrás, a 2006, para ver a un presidente perder ambas cámaras. Ese año, bajo la administración Bush, los demócratas obtuvieron un gran éxito en las elecciones de mitad de mandato: consiguieron la mayoría en la Cámara de Representantes, que se renovó por completo, y también en el Senado, algo que no ocurría desde 1994.
Con qué comparar este «blue-nami»
El triunfo demócrata de este 3 de noviembre recuerda más bien a las grandes oleadas electorales de 1974. Hace 52 años, los demócratas obtuvieron una victoria histórica frente a los republicanos en un contexto de crisis internacional con repercusiones económicas internas. Unos meses antes, la guerra de Yom Kippur, que enfrentó a Siria y Egipto contra Israel, había llevado a los países del Golfo a imponer un embargo petrolero a Estados Unidos por su apoyo a Israel, con repercusiones concretas para los hogares estadounidenses: una pérdida del poder adquisitivo.
El año 1974 fue también el momento de un voto de castigo, unos meses después de la dimisión del presidente republicano Richard Nixon, implicado en el escándalo del Watergate, un caso de espionaje político e intentos de obstrucción a la justicia.
«Derrotas» electorales también para los azules
Los demócratas vivieron una situación similar en las ‘midterms’ del primer mandato de Bill Clinton, que les supusieron un terrible fiasco, a pesar de que desde 1986 contaban con mayoría en ambas cámaras del Congreso. El 8 de noviembre de 1994, el Senado volvió a ser republicano, al igual que la Cámara de Representantes, algo que no ocurría desde la década de 1950.
Más recientemente, en 2010, un «tsunami rojo» también se abatió sobre el ala sur del Capitolio. En pleno auge del Tea Party, que presagiaba la llegada de los años de Trump, los adversarios republicanos de Barack Obama se hicieron con la mayoría en la Cámara de Representantes. El propio presidente estadounidense había hablado entonces de una «paliza» electoral: su partido había perdido 64 escaños y apenas había logrado mantener su mayoría en el Senado.
«Sabemos que, históricamente, estas elecciones son extremadamente difíciles para los presidentes en el cargo, sobre todo durante su segundo mandato», resume en RFI Jeremy Ghez, profesor de Economía y Asuntos Internacionales en HEC París. «El último que logró avanzar fue Bill Clinton en 1998 [su partido obtuvo cinco escaños más en la Cámara de Representantes, nota del editor], y aun así, fue en un Estados Unidos que era realmente diferente, en un contexto económico realmente diferente».
Sin embargo, controlar las dos cámaras del Congreso podría resultar un arma de doble filo para el Partido Demócrata, ya que ahora los votantes deberían recurrir a ellos para que dén respuesta a sus problemas económicos y no solo para que se opongan a Donald Trump. Una vez que se constituya la nueva legislatura, el próximo 3 de enero, el presidente republicano, que conserva el derecho de veto sobre una serie de textos legislativos, podría aprovechar la ocasión para culpar a los demócratas de la situación de la economía.
RFI


















